ProCC https://www.procc.org Centro Marie Langer Sun, 24 May 2020 15:02:59 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.1 https://www.procc.org/wp-content/uploads/2019/09/favicon.ico ProCC https://www.procc.org 32 32 El porqué de una campaña educativa https://www.procc.org/2020/el-porque-de-una-campana-educativa/ Sun, 24 May 2020 14:43:57 +0000 https://www.procc.org/?p=5072

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al undécimo artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (XII). El porqué de una campaña educativa”.

La pandemia nos ha colocado en una realidad inédita y excepcional. Las situaciones de emergencia social, y esta lo es, suponen alteración de normas y de marcos de referencia de las relaciones sociales; perturbación de la vida cotidiana, de su estabilidad, sus ritmos…; y situaciones de amenaza que provocan un alto grado de incertidumbre.

Nuestros modos de vida, nuestras rutinas, fueron desbaratados. El dolor entró por nuestras televisiones y teléfonos y sufrimos un gran impacto emocional. Tenemos las energías puestas en los cambios que se suceden y que, a su vez, se modifican por momentos. Hoy la desescalada nos enfrenta a nuevos interrogantes.

Sabemos que esta es una crisis no solo sanitaria, sino también económica y social. Y los hechos muestran un sistema voraz e insaciable, que privilegia su lógica de acumulación sobre las necesidades de la población. La ilusoria creencia hegemónica de un sistema que aportaba “lo estable y previsible” da lugar a la evidencia de su fragilidad. Sentimientos de soledad e indefensión serpentean el presente y las previsiones de futuro.

Por otra parte, la apología del individualismo como supuesta expresión de libertad, en realidad promueve cada vez más ser sujetos aislados-“auto-gestionados”, con vínculos frágiles y dependientes, “conectados-desconectados”, con gran dificultad para sostener la alteridad, las diferencias, el nosotros. Sujetos atrapados en una inmediatez que dificulta la vivencia de proceso y la capacidad de elaborar duelos.

Estas condiciones subjetivas podrían entenderse como un cierto estado de “desnutrición social” que hace más difícil una acción colectiva para el enfrentamiento de una situación como la que se vive. Nos encuentra sin saber qué es y cómo hacer un duelo social.

Nos preguntamos por qué el cuidado de la salud mental no va paralelo a otros cuidados. Y no estamos hablando de patologías mentales, sino del propio proceso de comprender y elaborar la realidad y sus incertidumbres. Es necesario poder adueñarnos de ella y ser partícipes activos y no víctimas de algo que nos deja inermes y nos lleva, bien a la pasividad indefensa, o bien a la euforia negadora saliendo a ocupar la calle con actitud de que “ya pasó todo”. ¿Cómo hacer para que mantengamos la calma, elaboremos duelos, entendamos el proceso y no nos quedemos anclados en una pasividad ilusoriadepositando en un otro impersonal las decisiones?

Pensando soluciones en el marco de procesos de transformación social, nos preocupa y ocupa la necesidad de tener en cuenta tanto hechos materiales objetivos (combatir el virus, analizar desigualdades, considerar nuevas precariedades…) como los estados sociales de fragilidad subjetiva a los que antes hacíamos mención. La vida cotidiana y el análisis de sus malestares permite acercarnos a las problemáticas que se vivencian y nos da pistas para elaborar formas de afrontamiento, pero las soluciones no se improvisan, ni aparecen solas.

No es posible pasar de las debilidades del “individualismo idolatrado” a ser cooperativos sin un trabajo propositivo. Estamos desentrenados. Trabajar en y con la comunidad para afianzar lazos y fortalecer trama social frente a los desafíos que se avecinan implica método. No se trata de abanderar el voluntarismo. Sin embargo, advertimos con preocupación que cuando más hay que desarrollar habilidades y capacidades para esta gran tarea de trabajar la conciencia social, es cuando más se desdibuja, se desconoce, la potencia comunitaria del conjunto de recursos profesionales e institucionales…, la dimensión comunitaria de los Servicios Sociales, de la Atención Primaria y de Educación, en momentos en que se precisa una pedagogía de emergencia.

Bueno sería que, junto a muchas iniciativas solidarias que han surgido, también desde instancias institucionales se advirtiera la gran necesidad del trabajo pedagógico en y con la población; que no solo se informe, sino que también se tome el pulso de los comportamientos sociales frente a la pandemia. No se trata de sacar estadísticas sobre si se violaron parques precintados, sino de preguntarnos por qué sucede eso y ver qué podemos hacer para generar conciencia general y no quedarnos solo en señalar con el dedo a culpables individuales. Es la hora de comprender la comunidad, los intereses comunes.

¡Cuánto alivio y qué sanador es compartir espacios con las demás personas y encontrar elementos para comprender y elaborar lo que está pasando! ¡Juntas buscar soluciones! La realidad requiere que hoy formemos parte activa del cuidado social con responsabilidad e inventiva. Para ello es necesario fortalecernos en la capacidad de escucha, la búsqueda de consensos, el desarrollo de actitudes colectivas. Así armamos lazo y acrecentamos el sentimiento de comunidad.

Tomemos en nuestras manos el compromiso de fortalecer el nosotros, tan imprescindible para nuestra recuperación frente a la pandemia como para la construcción de un nuevo orden mundial más justo. Seamos parte de una necesaria “campaña educativa”con organización y método, contribuyendo colectivamente a esclarecer y construir alternativas lúcidas, frente a un futuro que se torna incierto.

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¿Y los servicios sociales…? https://www.procc.org/2020/y-los-servicios-sociales/ Sun, 24 May 2020 14:38:31 +0000 https://www.procc.org/?p=4897

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al undécimo artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (XI). ¿Y los servicios sociales…?”.

“No estamos preparados para afrontar los problemas que esta pandemia suma a las situaciones de precariedad social…”, planteaba una compañera trabajadora social. Y… ¿entonces?

Además de los servicios sanitarios, los Servicios Sociales han tenido que hacer una “adaptación camaleónica” para hacer frente a las prioridades que se plantean hoy en la atención social en esta supuesta “sociedad del bienestar”. Han tenido que priorizar unas necesidades sabiendo que otras quedarían relegadas. Si ya estaban acostumbrados a las precariedades sociales de las personas, a sus diversas demandas, masivas, y a cómo atender los pedidos económicos con las escasas ayudas sociales con las que se cuenta, y con toda una burocracia paralizada o ralentizada, ahora han tenido que enfrentar una reorganización importante.

Inicialmente, se dan situaciones caóticas y angustiosas con una sobrecarga extrema: “Vamos improvisando sobre la marcha”. Los sucesos de personas afectadas por el virus en la población anciana han implicado poner la mirada en este sector de la población, que está requiriendo estrecho seguimiento y coordinaciones preventivas.

El Servicio de Ayuda a Domicilio, recurso humano fundamental para el apoyo de personas que viven solas o en situaciones de desprotección familiar/social, se ha mermado notablemente no solo por la escasez de medios de protección que ha generado abandonos, sino por una nueva organización familiar a causa del confinamiento o porque se rechaza este apoyo por miedo a que su familiar enferme. “De 60 auxiliares que había, hoy en activo han quedado 20”, comentaba una compañera de Trabajo Social de un municipio de 1.150 habitantes.

La petición de ayudas alimentarias a los Ayuntamientos ha puesto patas arriba a los Servicios Sociales y, en muchos casos, han tenido que recurrir a instituciones privadas como Cruz Roja, Cáritas, hermandades, asociaciones y, en algunos casos, colaboraciones vecinales y otras organizaciones: “Estamos volviendo a la beneficencia”, se escucha.

Hay toda una población vulnerable, dificultades económicas y consecuencias graves a nivel vincular y familiar. Precariedades laborales, económicas, endeudamientos con los bancos, alquileres o hipotecas, desahucios, enfermedades mentales y discapacidad, drogodependencias, violencias, problemas familiares… Hay demandas que quedan relegadas con graves consecuencias que “a ver cómo se enfrentan”: ‘Anciana dependiente hospitalizada sin que ningún familiar se pronuncie’. ‘Joven con discapacidad que no puede ser contenido en la familia precisando una residencia socio-educativa’…, situaciones de emergencia social que no pueden demorarse, pero que no tienen respuesta: “Me he visto sola ante situaciones de vulnerabilidad extrema y sin recursos, no sabía a dónde dirigirme”, comenta una compañera.

Todo un malestar cotidiano callado que se desborda, un malestar social que requiere respuestas firmes y que den seguridad dentro de la incertidumbre.

¿Qué hacer? “Hacemos lo que se puede”; pero dar cobertura a las nuevas necesidades sociales no es cuestión de voluntarismo.

A menudo, la posición profesional instituida desde el sistema social actual se mueve entre la omnipotencia y la impotencia. Sostener la omnipotencia implica una posición ilusoria de aportar soluciones desconectadas de un análisis de la realidad y sus posibilidades. Esta posición lleva inevitablemente a la impotencia, que implica conformismo y dependencia.

Salir de esta posición permitiría rescatar la potencia profesional, no quedar atrapados y atrapadas en la encrucijada entre el mandato institucional y las demandas de la población, y evitar desgastes. Daría otro lugar al trabajo de equipo, interdisciplinar e interinstitucional, y potenciaría la capacidad de organización y el desarrollo de la población, como lo demuestran, en muchos casos, distintas formas de organización vecinal: “Algunos usuarios que viven solos están demostrando bastante autonomía”; “estamos viendo grupos sociales que elaboran medidas de protección creativas que aportan a los Centros de Salud“. Autonomía y participación social que no se esperaban muchos profesionales.

Esta situación de pandemia ha puesto aún más sobre la mesa la necesidad de retomar el verdadero sentido del Trabajo Social. La importancia de conocer la comunidad, sus problemas, sus potencialidades, sus recursos; la persistencia, imaginación, coordinación…, la búsqueda de alternativas desde un pensamiento diverso que enfoque a actuaciones con más sentido: ganar y generar protagonismo, acción participativa, autonomía.

Para comprender qué está pasando, qué nos está pasando, es necesario abrir la mirada teniendo en cuenta la lógica del capital, el neoliberalismo, los mercados…, que no están precisamente al servicio de cuidar la vida. Interpelar estas lógicas permite identificar las verdaderas necesidades y no normalizar las desigualdades sociales instaladas.

Es imprescindible trabajar por recuperar el lazo social rescatando el valor de lo grupal para desarrollar la capacidad instituyente, la participación social desde cada rincón, desde cada comunidad.

Es preciso que la Orientación Comunitaria sea el enfoque que direccione el quehacer profesional. Se trata de profesionales que trabajan en y con la comunidad. Y las circunstancias actuales les ponen frente a un gran reto.

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¿Jugamos a las casitas? https://www.procc.org/2020/jugamos-a-las-casitas/ Sun, 24 May 2020 14:38:08 +0000 https://www.procc.org/?p=4893

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al octavo artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (X). ¿Jugamos a las casitas?”.

Unas mantas, unas sillas, alguna escoba, pinzas… no se necesita más para hacer casitas y crear algo donde antes no existía. Eso es jugar: una experiencia humana compleja, un espacio-tiempo particular donde, por nuestra sola voluntad e imaginación, transformamos la realidad desarmando, construyendo y habitando otros mundos y vínculos, sólo por el placer que genera.

La dureza de estos tiempos de encierro nos devuelve una capacidad expropiada o confinada a lo excepcional: jugar. “Jugamos a las cartas en familia por la noche, como en vacaciones”; “hemos sacado todos los juegos de mesa que teníamos olvidados”; “estoy recuperando el placer de emborronar con ceras, no me acordaba cuánto me gusta”; “ahora tenemos tiempo disponible y no podemos salir fuera de casa para entretenernos”.

Para quienes conviven con menores, jugar es una experiencia cotidiana, sentida de maneras diversas. A veces, pasándolo pipa (“llevo toda la tarde jugando con los críos gozándola”). Otras, desde la obligación, agobiándose por no disponer de tiempo propio para leer, descansar, desconectar (“nos tiene secuestrados: todo el día jugando”). En estos días, también, “compensándoles” el encierro con propuestas lúdicas y/o educativas (“ahora, a ser padre he tenido que sumar ser maestro, monitor y cocinero”). Casi siempre, sintiendo todo a la vez.

El sistema penaliza jugar. Por un lado, niega lo necesario que es (“es cosa de niños“, “no sirve para nada”), “cobra” el tiempo dedicado (“es una pérdida de tiempo”) o lo ningunea (“no es serio”); por otro, ofrece jugar como escape o evasión de la realidad cotidiana y sitúa a las personas como meras consumidoras (apuestas y juegos online, espectáculos deportivos). Afecta también la relación entre adultas y adultos y peques en el mundo del juego. A los adultos primordiales los pone en una tarea “educativa” en cuanto al qué y cómo jugar, expropiando el juego como una experiencia elegida, placentera, “improductiva”. A las y los peques, los coloca como demandantes constantes de atención y entretenimiento, clientes de un mercado que reduce las opciones, cada día más, a la pantalla y la soledad.

Pero entonces ¿qué es jugar?

Jugar es crear otros espacios, otros estados de ánimo, otras formas de ser y vincularnos. No es sólo “entretenernos” en casa. Quizá es tiempo de recuperar la manta, las sillas, la escoba, las pinzas y las ganas de construir casitas. Cuando jugamos, básicamente, nos relacionamos de otra manera con nosotras y nosotros mismos, con el resto de personas, con los espacios y objetos. Jugar siempre es un territorio de posibilidades ilimitadas donde crear, explorar, experimentar.

La primera elección es jugar o no jugar: ¿te permites entrar en ese espacio-tiempo particular, la Realidad Lúdica, que te ofrece el hacer casitas? Recuperar el juego y la actitud lúdica como experiencia de placer y libertad, como forma de afrontar nuestras necesidades de cercanía, de esperanza, de conexión, de manera creativa y colectiva, en estos días. Colectiva porque, incluso en soledad, siempre jugamos en compañía, con diferentes versiones propias y con la memoria, la experiencia y la presencia de otras personas y situaciones. Creativa porque jugar es siempre buscar otras formas y posibilidades para los objetos, personas y respuestas habituales. En ese proceso de atención y compromiso con el jugar, nos transformamos como personas.

La segunda elección es cuándo, a qué y cómo queremos jugar, porque no todos los juegos son iguales, ni generan lo mismo. Se puede, y es importante, elegir cuándo y cómo jugar tanto peques como mayores. Cuándo, porque no siempre es tiempo de jugar o de jugar en compañía. Y cómo, porque podemos jugar con diferentes papeles: como espectadores (“¡mira, mamá!”); como objetos inertes (poner el cuerpo y ser canasta de pelotas de papel, muñeca para peinar); como árbitros o mediadores; siendo una o uno más dentro del juego.

Juguemos a convertir los espacios en otros que nos gustan (una acampada en el salón; un día de playa). Juguemos a ser otras personas u objetos (un pirata, un camión). Juguemos en compañía o en solitario (a adivinar quién me enviará más mensajes hoy, a inventarles vidas y personalidades a mis plantas). Juguemos desde y con nuestros cuerpos (al escondite, a pintarse y dibujarse sobre el cuerpo, a hacer figuras con las manos).

Juguemos para que la actitud lúdica se haga vírica y contagie creatividad, autonomía y esperanza. Aprovechemos este tiempo para recuperar el juego, revalorizando el territorio de “lo inútil” y “lo improductivo”. Juguemos para re-crear y sub-vertir la realidad en que vivimos y las formas de vincularnos hacia maneras más humanas y transformadoras. ¿Jugamos a las casitas?

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Campaña “CAMBIA EL ROLLO” https://www.procc.org/2020/campana-cambia-el-rollo/ Wed, 06 May 2020 13:33:59 +0000 https://www.procc.org/?p=4993 Leer más]]> En general la crianza no es fácil y en estos tiempos es todo más complejo. Tenemos los nervios a flor de piel, el día se nos hace largo y a la vez sentimos que no tenemos tiempo para nada. Aunque algunas de estas cosas son inevitables hay herramientas que pueden ayudarnos a cuidar el vínculo con nuestros hijos e hijas y hacer que nuestra cotidianidad sea más saludable.
¿Cambiamos el rollo? Atención a las nuevas actividades.

Grupo de Familias

Escuela de madres y padres de 5 sesiones de 2h por sesión. Una vez por semana.

En este espacio participativo y dinámico, un grupo estable y reducido de personas, profundarizaremos en la problemática del grupo familiar actual.

¿Cómo lo haremos?

Compartiremos inquietudes, las analizaremos, conoceremos conceptos nuevos y reflexionaremos sobre las contradicciones que nos encontramos en la práctica para construir alternativas. Lo haremos a través de una metodología participativa, del uso de técnicas como juegos, escenas y dinámicas específicas.

¿Dónde?

En Zoom, una plataforma de videoconferencias online.

¿Cuándo?

Los miércoles de 20 de mayo al 17 de junio de 17:30 a 19:30.

¿Cuánto?

El Grupo de Familias tiene un coste total de 60€ por unidad familiar.

Aula Virtual

Ciclo de 4 conferencias de 1h en formato presencial o diferido. Dos sesiones por semana.

Serás partícipe de una serie de conferencias sobre crianza en la que se abordarán algunas dificultades y malestares relacionados a partir de tus preguntas.

¿Cómo lo haremos?

Usaremos el formato conferencia para la exposición de las temáticas que nos preocupan hoy en la crianza. Al final de las sesiones, recogeremos las preguntas que puedan surgiros mediante el chat y elaboraremos una respuesta tomando vuestros ejemplos que presentaremos en la siguiente conferencia.

¿Dónde?

En Zoom, una plataforma de videoconferencias online.

¿Cuándo?

Los martes y jueves 26 y 28 de mayo, 2 y 4 de junio, de 18:30 a 19:30.

¿Cuánto?

El Aula Virtual tiene un coste total de 25€.

Asesoría Familiar

Espacio de asesoría con un profesional especializado.

Podrás exponer tus preocupaciones particulares, las analizaremos conjuntamente y generaremos estrategias de abordaje personalizadas.

Se trata de un servicio dirigido a adultos en el que podrás acudir de modo individual, en pareja o con tu grupo familiar.

¿Dónde?

Por videoconferencia o teléfono.

¿Cuándo?

Tendrás que contactar con nosotros/as para concertar una cita.

¿Cuánto?

La Asesoría Familiar tiene un coste de 40€/h.

Apúntate

Pinchando aquí

Llamando al 653 93 92 92

Escribiendo un WhatsApp al 653 93 92 92

Escribiendo a familias@procc.org

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La escuela en la nube https://www.procc.org/2020/la-escuela-en-la-nube/ Fri, 01 May 2020 16:55:32 +0000 https://www.procc.org/?p=4890

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al noveno artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (IX). La escuela en la nube”.

Y llegó el día del cierre de las aulas cuando niños, niñas y adolescentes, con aparente alegría, exclamaron: “¡Mañana no hay clase!”. Tras una desorientación y titubeo inicial, la enseñanza se reinventó en 24 horas. Poco después, la escuela se instaló en las casas de profesorado y alumnado. “Curso rápido de tele-escuela”… otra exigencia más para la agenda docente de formación permanente.

La educación ha pasado de un escenario presencial a otro virtual, sin solución de transición. “Así, a la fuerza”, dice una maestra. Los y las profesionales de educación, a quienes el saber se les supone, son puestos frente al teclado y la webcam por igual, ya sean de la generación del baby boom o millennials. “Le he tenido que pedir ayuda a mi hija para que me ponga el google meets”, explica un educador. Quienes mostraban gran convencimiento en las excelencias de lo telemático ya habían incorporado estas herramientas en sus aulas, otros se sienten perdidos y abrumados. “¡Uf! Esto de hacerme youtuber de la noche a la mañana lo llevo fatal”.

La dificultad que ya existía en los centros para encontrar espacios de coordinación de equipo se traslada a lo telemático, a veces dando como resultado un exceso de trabajos para el alumnado. Sensación de frustración, impotencia y sobrecarga en todas direcciones; en el alumnado, muchas tareas en la bandeja de entrada; en el profesorado, búsqueda de herramientas que permitan explicar, aclarar, mantener la relación con el alumnado. “Mucho esfuerzo y poca eficacia”, lo resume una profesora, por los intentos infructuosos de conexión grupal, por el curso acelerado en TICs que la crisis ha supuesto.

La tarea de socialización de la escuela no se puede sustituir por ninguna ap sin embargo, asumiendo lo esperado por la sociedad, los y las docentes se han puesto manos a la obra. “Servimos para cualquier cosa, para cualquier situación”, se apunta.

Pero… ¿Qué pasa al otro lado de la pantalla? ¿Qué ocurre con los que no se conectan? La vulnerabilidad de muchas familias, así como las dificultades de acceso a lo telemático, están mostrando las desigualdades instaladas. Por otra parte, el síndrome de “la hora de los deberes” se agudiza, dificultando el encuentro entre la labor de la escuela y la familia.

Los cambios, a los que obliga el confinamiento, acentúan y ponen más en evidencia ciertos malestares que ya existían antes de la crisis por pandemia, por ser inherentes al sistema social en el que vivimos. Es decir, trascienden a cada escuela o docente en particular.

En una sociedad que deposita la resolución de muchas de sus contradicciones en la escuela, el rol asignado al profesorado queda cargado de omnipotencia, pues parece que todo es “cuestión de educación”.

Desde el mandato hegemónico, ser maestro o maestra es ser alguien con muchas manos, que sabe y atiende todo, con disponibilidad absoluta y siempre con una sonrisa. Esto, unido a la falta de herramientas adecuadas (el ejercicio de la autoridad, los límites, la dimensión grupal de la clase…), genera altos niveles de desgaste, que se exacerba en la situación actual.

La tarea del aula se mete en los espacios privados, o sea, en las casas y en todos los momentos del día. “Ahora mismo estoy online con mis ocho grupos de la ESO… esto es de locos”, expresa un profesor. Se hace difícil mantener el límite dentro de lo saludable y se entra en un bucle de mensajes por contestar, a cualquier hora, de estudiantes que preguntan: “¿Qué hay que hacer?” y a quienes se les repite, individual y recurrentemente, la misma consigna que ya estaba explicada en el ejercicio. Y en este escenario, inundado por la inmediatez del hacer, la tarea educativa se empeña en seguir el curso, como si no pasara nada.

Frente a esta realidad, es importante tener en cuenta algunas consideraciones que puedan contribuir al verdadero sentido de la tarea educativa en estos difíciles momentos. Entendemos como necesario:

  • No poner en el centro lo curricular, es necesario bajar exigencias. No se juega el futuro de todos los aprendizajes en los meses de confinamiento. Se juegan otras cosas.
  • No intentar replicar la escuela en casa. No se trata de dar clases “presenciales a distancia”. Asumir la tolerancia a la frustración, ya que se requiere un aprendizaje metodológico que lleva su tiempo.
  • Tomar conciencia de “este parar”. Tanto el profesorado como el alumnado requieren un tiempo para elaborar lo que está pasando, que no se suple con trabajos escolares, como si no pasara nada. ¡Sí pasa!
  • Hablar de los sentimientos contradictorios que la realidad provoca es saludable. Es importante que el profesorado pueda hablar de estos malestares, evitando caer en la cultura de la queja o el desgaste.
  • No ahondar las dificultades en la relación familia-escuela. Es posible un encuentro que cuide las necesidades de ambas partes.

Estamos viviendo una situación nueva en medio de un clima de incertidumbre. Es necesario ir encontrando espacios para procesar todo lo que se va sintiendo. Busquemos alternativas entre todos y todas.

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Talleres en el marco de la pandemia https://www.procc.org/2020/talleres-en-el-marco-de-la-pandemia/ Fri, 24 Apr 2020 15:02:35 +0000 https://www.procc.org/?p=5080 Leer más]]> Desde el Grupo de Desarrollo “YVY Marané”, en Córdoba, Argentina, se realizaron dos talleres con docentes, con el objetivo de brindar un espacio de escucha y contención de la situación que vive el profesorado. Pasar de un escenario presencial de aprendizaje a uno virtual, “instalar” la escuela en casa, ha generado multiplicidad de situaciones con desborde y sobrecarga, junto a muchos interrogantes… “¿Hacer cómo que no pasa nada?”

Elementos del proceso de duelo, necesidad de duelo colectivo, de sentir el grupo, lo asignado-asumido al rol docente, qué deben aprender los niños y niñas hoy, qué es una pedagogía de emergencia, fueron algunas cuestiones sobre las que se reflexionó.

Fué una hermosa tarea que generó agradecimiento y contención para seguir.

Equipo de Coordinación: Viviana Casih y Mónica Jaurena

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“EPI EMOCIONAL” PARA SANITARI@S https://www.procc.org/2020/epi-emocional-para-sanitaris/ Thu, 09 Apr 2020 10:05:28 +0000 https://www.procc.org/?p=4771 Desde el centro Marie Langer queremos ofrecer algunos espacios de reflexión para profesionales sanitari@s para contribuir a la atención de las vivencias que la actual situación provoca en el marco de su quehacer profesional.

VIERNES 10 DE ABRIL – 17:00

SÁBADO 11 DE ABRIL – 11:00

Inscríbete aquí

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Y… ¿después? https://www.procc.org/2020/malestares-cotidianos-en-pandemia-viii/ Wed, 08 Apr 2020 07:34:13 +0000 https://www.procc.org/?p=4725

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al octavo artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (VIII). Y… ¿después?”.

“¿Cuándo nos dejarán salir?”, “parece que ya superamos la curva”… Son frases que se enlazan con la fantasía de que pase este evento y todo recupere su normalidad.

En un primer momento, la mirada se centró en el virus, los contagios, las medidas, las marchas y contramarchas con los test, el riesgo de la saturación sanitaria.

Cuando llegó el confinamiento, ese parar abrió un escenario de avatares de la convivencia: la conciliación con el tele-trabajo, el qué hacer con los niños y niñas, el inventar nuevas rutinas que debían suplir las habituales de la prisa cotidiana. Empezaron a hacerse más evidentes las desigualdades instaladas que se normalizan, como la diferencia de las viviendas (cuando no su ausencia), la inestabilidad de los puestos de trabajo, el paro, el papel del trabajo invisible de cuidados…

En algún sentido tranquilizaba pensar que era un evento sanitario, pero cada noticia sanitaria que expresaba la evolución de la pandemia era inmediatamente seguida de noticias sobre la situación económica: la incidencia en la bolsa de valores, los despidos, tímidas medidas presupuestarias más paliativas que estructurales, las decisiones a tomar con la situación de las y los autónomos, los alquileres…

En este estar, un clamor que se va haciendo cada vez más fuerte va resonando desde el sentir colectivo, expresado en el “¿y después?”.

Se abre la conciencia de que es una crisis no solo sanitaria, sino económica y social. Y los hechos que se ponen de manifiesto en el afrontamiento de esta situación hacen que aflore y sea más visible que vivimos en un sistema voraz e insaciable, que privilegia su lógica de acumulación sobre las necesidades de la población.

A escala planetaria se discuten, con actitud fríamente calculadora, los riesgos de contagios y muertes frente a los riesgos de la economía. Mientras tanto, las y los sanitarios de un sistema de salud recortado y entregado a los brazos del capital privado, realizan con heroicidad titánicos esfuerzos. Mientras tanto, la población vela en solitario a sus seres queridos. Mientras tanto, sentimientos de soledad e indefensión embargan a esas personas que perdieron el trabajo y están aisladas.

En el ámbito de las grandes decisiones, en pos de peregrinas defensas de la democracia, se ponen obstáculos en lugar de jerarquizar con generosidad la unión para atender la necesidad y la urgencia. En muchos casos se plantea buscar fórmulas para que el mercado laboral “no sea tan inseguro”, es decir, más de lo mismo.

Va quedando claro que una política neoliberal que se recuesta en los mercados, que se sostiene en una lógica de la desigualdad y de la precarización de muchos y muchas, que exigió recortes en la sanidad pública, diluyendo, así, el papel del Estado como garante de la salud de la población, no puede cuidar la vida, ya que eso no está dentro de su obscena lógica de obtención de beneficios.

Desgraciadamente, las personas también hemos sido colonizadas por esas mismas lógicas y somos nuestro propio enemigo, cuando esperamos “a ver cómo nos cuidan”, “a ver cómo nos solucionan”; cuando esperamos de quien no se puede esperar; cuando el consumo hace de “bálsamo que anestesia”. Denuncia un repartidor: “no paro de entregar en domicilios prendas de moda, productos de capricho. Acabo de recoger una devolución de una camiseta que alguien pidió online y ha decidido que no le queda bien. Yo también me expongo trabajando, entreguemos solo productos de primera necesidad”.

¿Qué hacer?… ¡Ahora es cuando!

Es importante unirse a las voces que abren la esperanza. Muchos hablan de la oportunidad “de no volver a ser los y las de antes”. Se perfilan vivencias de haber recuperado humanidad y conciencia de la necesidad de las demás personas. Se corren velos de la invención capitalista y se comprende, aún más, que el dinero y las endiabladas transacciones financieras son una ficción. Real, pero ficción al fin, cuando son presentadas como la única forma de organizar la sociedad.

Como sociedad tenemos una deuda. En Historia muchas veces no se llegaba a la Segunda Guerra Mundial. También cabe preguntarse ¿cuántos jóvenes de hoy estudiaron la crisis del 2008? Se han planteado falsas neutralidades, se demonizó la palabra ideología y se expropió el conocimiento de los aspectos macro-sociales, que permiten que una población incorpore la dimensión geopolítica en sus reflexiones cotidianas. Urge saldar esta deuda. No contar con elementos básicos para comprender los desplazamientos y maniobras militares en Europa en tiempos de coronavirus; no contar con elementos para explicarnos la deslocalización y feroz competencia internacional de los mercados que impiden el abastecimiento de un material sanitario, ahora imprescindible; no comprender los intereses geopolíticos que generan el desplazamiento de personas que buscan refugio, encontrando indiferencia y a menudo la muerte en el Mediterráneo… por solo poner unos ejemplos, deja sin entender la realidad que vivimos. Esta “ignorancia social planificada” hace que las personas se auto-marginen respecto a las decisiones que conciernen a los destinos sociales, y eso genera indefensión.

Es importante recuperar el papel de un Estado que coloque la vida en el centro, que defienda el bien común; desarrollar la participación activa para el necesario control social; recuperar ese conocimiento expropiado de las determinaciones económico-sociales; juntarse a pensar soluciones; muchos y muchas ya lo están haciendo. Se vienen tiempos difíciles solo llevaderos desde el abrazo hermanado y la fuerza colectiva capaz de instituir una sociedad más humana, más solidaria, más saludable. Ese “después” es una construcción de todos y todas.

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El individualismo contra las cuerdas https://www.procc.org/2020/malestares-cotidianos-en-pandemia-vii/ Mon, 06 Apr 2020 07:50:09 +0000 https://www.procc.org/?p=4708

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al séptimo artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (VII). El individualismo contra las cuerdas”.

Ante el impacto de la dura realidad de enfrentar una pandemia se generan sentimientos inevitables propios de tan inédito proceso: miedo y sensación de peligro; incertidumbres frente a los cambios permanentes; impotencia al no poder medir consecuencias; desconcierto por informaciones ciertas que se entrelazan con falsas noticias.

Esto es así como parte de un proceso que hay que transitar. Y son de agradecer las informaciones sobre el virus y las medidas a tener en cuenta, las orientaciones para los difíciles momentos de pérdida de seres queridos, los cientos de consejos de rutinas necesarias para mantener la calma en el confinamiento, los links a películas y otros entretenimientos, los videos para mantenerse en forma.

Pero… aquí se pone en juego algo más profundo que se da por sentado y sobre lo que es importante reflexionar.

Se pone en juego la confianza en los y las demás; queda muy visible lo que en otros casos se soslaya, que es la interdependencia entre los seres humanos. Se pone en juego el bien común desde la responsabilidad colectiva, la cooperación, el abrazo social. Se requiere que seamos protagonistas activos en decisiones y acciones. Y podríamos decir que, en todo esto, la pandemia nos encuentra, como sociedad, un tanto “desnutridos” y urge fortalecernos.

En el sistema social en el que vivimos se plantea el progreso individual como fruto del desarrollo de un ser aislado, ajeno a las necesidades comunes. Sin embargo, se promueve su dependencia “natural” del mercado, cuya lógica impiadosa de acumulación, cargada de “recortes”, no sirve para cuidar nuestras vidas. La contracara, que se hace más evidente en situaciones como esta es la soledad y los sentimientos de indefensión.

Una de las máximas del individualismo es que la felicidad consiste en “maximizar mi placer y minimizar mi dolor”. Engañosamente parece adecuado, pero… ¿qué pasa si, en un momento de restricciones en el uso del agua, alguien llena su piscina y dice estar en su derecho, mientras una parte importante de la población, en el marco de las desigualdades, enferma de diarreas por falta de agua?

Algo parecido a cuando alguien se siente con derecho a dar un pequeño paseo, como si a nadir más se le pudiese ocurrir, pero ¿qué sucede si todo el barrio sale a pasear? Sencillamente se rompen los fines del confinamiento y perdemos todas y todos.

También lo podemos observar cuando se saltan las medidas de evitar desplazamientos: “había un control policial, pero busqué un camino secundario y conseguí llegar al pueblo”; o cuando se busca la rentabilidad individual vendiendo geles y mascarillas y tantas cosas más a precios exorbitantes. Esto, por poner ejemplos a pequeña escala.

Y lo peor es que solo reprochamos conductas individuales del vecino o vecina, sin reparar en que es un problema social.

Siendo individual es social, porque el sistema en que vivimos, en el marco del neoliberalismo, incide y hace “recortes” en aspectos de nuestra propia subjetividad. Se construyen vínculos más frágiles que nunca. La autoestima se juega en los “me gusta”. Se nos empuja a ser seres “conectados-desconectados”. Se exacerba la omnipotencia, se nos expropia la idea de proceso con la inmediatez del “todo ya”. Una vulnerabilidad no consciente nos apega a nosotros mismos y se nos debilita el vínculo con el semejante. Esto nos hace más indefensos y es importante trabajarlo.

Ello implica desandar el individualismo, recuperar el lazo social como seres sociales que somos, no solo para enfrentar la pandemia, sino para recuperar humanidad. En el hacer con los demás está la fuerza del estar bien, del bien-estar.

Ese desandar no es tarea fácil. Podemos empezar por algo muy a nuestro alcance.

Vamos a recuperar autonomía. La fragilidad está en la dependencia que niega nuestras capacidades. Sin darnos cuenta hemos ido regalando nuestra capacidad de decidir, porque el mercado decide por nosotros y nosotras.

Sintámonos parte. No nos quedemos en la falsa sensación de “alivio” cuando decimos: “se tomarán medidas”, “a ver los de arriba qué deciden”. Rompamos la fantasía de que un criterio a tomar está ya construido en algún lugar. Cada persona contribuye a crear los criterios en un proceso y desde los saberes de cada una.

Filtremos la información. No nos quedemos sin ella por saturación, esto sería una forma de anularnos.

Entendamos las medidas. Asumirlas desde la comprensión hace que su cumplimiento no sea una sumisión obediente y “ajena”, que nos hace sentir pasivos en el afrontamiento de la realidad. No es lo mismo decir: “a ver cuándo nos dejan salir” que “a ver cuándo podemos salir”.

Trabajemos en la educación de niños y niñas. La sobreprotección, la paridad y la dejación del lugar adulto solamente generan dependencia. Contribuyamos a desarrollar autonomía.

Es con otros y otras con quienes nos salvamos. La verdadera fortaleza está cuando pensamos nuestras necesidades en colectivo y nos ponemos manos a la obra.

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Yo ya no veo la tele https://www.procc.org/2020/malestares-cotidianos-en-pandemia-vi/ Fri, 03 Apr 2020 07:22:26 +0000 https://www.procc.org/?p=4609

Este artículo pertenece a la serie “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus” publicadas en el periódico Público. Concretamente, esta entrada corresponde al sexto artículo de la serie: “Malestares de la vida cotidiana en situaciones de crisis por el coronavirus (VI). Yo ya no veo la tele.”

Un móvil que no deja de sonar, una información que circula compulsivamente, consejos incesantes para sobrellevar los rigores del confinamiento, van dando lugar, días después, a noticias dolorosas sobre muertes sin acompañamiento familiar, abucheos desde los balcones, cómo abordar la necesidad de niños y niñas, preocupación sobre el futuro… Asistimos a un escenario de desbordamiento: “yo ya no veo la tele”; desorientación: “¿y este otro aplauso para quién es?”, propuestas de evasión: “ocupa tu mente, escucha música, lee un libro, haz ejercicio”.

Muchas preguntas quedan en el aire, obturadas, sin poder ser pensadas; no hay espacio para tanto dato, la información no se puede procesar¿Qué nos supone no poder salir de casa?, ¿cómo nos afecta esta situación de emergencia sanitaria?, ¿qué nos pasa con el trabajo asalariado y los cuidados?, ¿cómo lograr esa calma y serenidad que tanto se reclama ahora, frente a la complejidad de lo que estamos viviendo?

Algunas consideraciones a compartir.

¿Qué pasa cuando no están los otros y las otras?

La situación y su relato sacuden hábitos y formas de vida. También inciden internamente y esto necesita ser identificado, hablado, puesto en palabras.

La etimología de la palabra comunicación nos remite a la idea de poner en comúnlo que implica un otro u otra, un ir y un volver, un salir de sí mismo, subrayando la importancia de tener en cuenta al interlocutor o interlocutora de esta ecuación, tan a menudo invisibilizada de la comunicación humana saludable.

La información genera emociones y las emociones son también información sobre quien habla y sobre quien escucha. Sin embargo, en la cotidianidad, muchas veces la información no se emite pensando ni en la necesidad de quien la recibe, ni en las consecuencias que tiene sobre las personas. Se emite de manera unidireccional. A menudo se limita a generar un clicaumentar el número de visitas, o como un escape a la tensión individual. Más que interrelación es inter-reacción. Se echa de menos la escucha y las preguntas “¿cómo lo llevas?, ¿cómo te sientes?”, sin saltar a dar consejos, obviando las preguntas y las respuestas.

El niño o la niña dice: “tengo miedo”, y el adulto le contesta: “no tienes que tener miedo”; los y las profesionales se reúnen telemáticamente, y de forma resolutiva toman decisiones sin expresar sus sentires, como si no pasara nada; los y las políticas se dirigen a la población sin contención de lo que su información genera.

¿Elaborar? ¿Eso qué es?

“¡Hay que ver! la vecina salió a comprar tres veces hoy”.

“Se prestan perros para pasear, a 100 €”.

“Dos semanas en familia, ¡qué bien! Pero…”.

“Estoy agotada…, pero tienes que aguantarte, es tu profesión”.

Elaborar lo que está pasando hoy conlleva poder encontrar un sentido a lo vivido, es como un proceso de “digestión”, de “metabolización” que se activa a partir de las palabras, de la comunicación entre personas. Es trabajar internamente para evitar respuestas reactivas, impulsivas o automáticas que no satisfacen las necesidades.

Este proceso implica abrir un espacio intermedio entre lo vivido, lo escuchado y la respuesta a lo vivido. Se trata de escuchar, identificarse con el dolor del otro o la otra, validar todos los sentimientos sin censura, poder sostener lo que esto provoca, aguantar la propia movilización, tolerar el tiempo del llanto, la queja, la rabia, sin apresurar respuesta. Luego vendrán elementos para la comprensión. Es importante no abrir aquello que no se puede contener. Por ejemplo, hoy podemos elaborar informaciones que desbordaban al principio de la cuarentena. Conviene tener esto en cuenta para la contención en la comunicación del día a día, cuando preguntamos a alguien cómo está, cuando alguien pide ayuda o consuelo, cuando se recibe una información.

En esta situación de catástrofe social es necesario escuchar lo que la gente tiene que decir, cómo recibe la información, cómo la decodifica y digiere. Conseguir calma será resultado de un proceso, no es una cuestión voluntarista.

La confianza que genera elaborar la realidad juntos y juntas es fuerza y potencia para enfrentar los desafíos de estos duros momentos.

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